Cuando era una pre adolescente enfadada con el mundo, descubrí a Los Piratas. Y lo hice bastante tarde, porque acababan de separarse. Yo, mas enfadada aún por no haber llegado a tiempo, no paraba de escuchar los discos que iba comprando con mi paga poco a poco, hasta que cayó en mis manos por fin el DVD de Fin de la Segunda Parte. Allá donde he ido, ese DVD siempre me ha acompañado y he perdido la cuenta de las ralladuras que tendrá después de todas las tardes que pasé maldiciéndome a mi misma por ser tan joven y por haberme perdido la oportunidad de haber visto ese concierto de La Riviera en directo.
Y me acordé mucho de ese concierto cuando el 3 de Octubre de 2015 estaba en la Sala Apolo esperando que otro de los grupos que me ha acompañado durante muchísimos años de mi juventud y (algo así como) madurez pisara por última vez el escenario. Juntos.
Siento ser cliché pero todos los que hemos sido tocados por la gracia de Standstill en algún momento de nuestra vida ahora nos preguntamos lo mismo: ¿y ahora qué se supone que hemos de hacer? Cuando por fin les has encontrado, ellos que no son fáciles de entender ni digerir a primera escucha, son oscuros, inalcanzables, a veces totalmente incomprensibles pero de repente hacen ¡clac! y todas las piezas del puzzle encajan. Son como esa relación que piensas que es una locura, una pérdida de tiempo y que acabará rompiéndote en pedazos, y vaya si te rompe, pero lo hace con la más magnífica sinfonía, mientras dejas ver todos tus entrañas para volver a reconstruirte, más fuerte, y con más sentido y más lógica que nunca. Cuando todo empieza a encajar no hay camino de vuelta y todo, absolutamente todo, tiene sentido con una canción de Standstill de fondo.
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Pero de repente ¡clac!, y el puzzle se desarma de nuevo. Así sentí el final de Standstill, el final de un viaje que empezó hace casi 20 años y en un punto de partida totalmente distinto. Pero para qué forzar, si el puzzle ya no funciona. Que no lo digo yo, bendito sea Dentro de la Luz, lo dicen ellos. Todo tiene que acabar.
Y que mejor manera que celebrando esos años de rotos y descosidos y nacimientos y corazones rotos y las alegrías más grandes en un escenario, rodeados de amigos, familiares y de todos aquellos que nos consideramos amigos de su música, los que hemos aprendido, crecido junto a ella durante años. Y para qué entrar en el setlist si cada acorde y cada grito sonó a gloria. Que lloramos y reímos todos juntos, mientras yo intentaba capturar cada momento para poder reproducirlo en mi memoria, poder recordar como gritaba “¿y ahora nosotros qué hacemos?” un chico del público o como los mismos que empezaron un pogo mientras el grupo recordaba su época hardcore rompían a sollozos en las últimas canciones.
“Ahora ya sabéis lo que toca, ¿no?” decía Enric Montefusco mientras empezaba a sonar Adelante Bonaparte por última vez. Y entonces todos los que llenamos la Apolo para despedir al mejor grupo nacional nos sentimos como el niño al que sus padres dejan en la puerta del colegio. ¿Salimos o no? ¿Seguimos o no? Ahora toca caminar solitos.
